respiro el aire de temporada,
a veces frío a veces cálido,
y otras tantas es húmedo o seco.
La tibia caricia del sol me cobija,
el fresco rocío de la mañana me despierta,
el viento me sacude en un vaivén de fiesta,
aunque tú siempre pasas a un lado sin darte cuenta.
Cuando el cielo se deprime deja caer millones de lagrimitas,
irónicamente su dolor nutre mis delicadas hojitas.
Pero si el soberano estelar se enoja,
rayos y centellas arroja
de tan estridente sonido,
que me hace temblar al oírlo.
No puedo correr, no me puedo mover,
quieto como estatua y a la merced de aquella ingrata,
condenado a vivir en el mismo sitio,
y si afortunado soy cien años existiré,
y aún, si después con éxito, llego a la vejez,
con honor y dicha de pie moriré.



