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Una lucha a muerte

Se miraron fijamente a los ojos y fue en ese instante en que ambos supieron que no había marcha atrás, había que enfrentarse y luchar por los ideales que cada quien perseguía, por las cosas que cada quien defendía, por los sentimientos y las emociones que cada uno amaba y respetaba, por todo aquello por lo que querían seguir viviendo y ahora estaban también dispuestos a morir.

Uno contra uno, nadie se iba a meter en esto. Yo mientras, sola y arrinconada, miraba con horror y tristeza lo que estaba a punto de ocurrir, mis piernas temblaban de miedo y nerviosismo, pero no podía hacer nada, no estaba en mis manos y además no estaba del lado de ninguno de los dos, ya que ellos tenían su propia e individual forma de ver las cosas y de sentirlas. Me era muy difícil hacerme a la idea de que mi destino, mis futuras acciones y decisiones las tomaría de acuerdo lo que decidiera hacer conmigo el que resultara triunfante de esta monstruosa contienda.

No podía discernir entre uno y otro, y éste fue creo mi más grande error, ya que la decisión final recaía sobre mí, pero no quise hacer nada al respecto, me sentía atrapada entre lo que sentía y lo que pensaba, y muy egoístamente, lo sé, dejé que se enfrentaran y resolvieran las cosas con violencia… no había nada más que hacer, ya todo estaba escrito, sólo tenía que esperar el final.

Una gota de sudor resbaló por la frente de uno, mientras el otro tomaba una postura amenazante. Siempre han sido enemigos, pero pocas veces podemos observar cómo se destazan el uno al otro, simplemente al final obedecemos al vencedor.

De repente empezaron los golpes, uno tras otro, los sonidos huecos y pesados de cada uno de ellos me hizo apartar la mirada súbitamente, lloré y supliqué que pararan, pero ya no me escuchaban… Sus fuerzas se igualaron, no se podía ver si uno perdía y el otro ganaba, sólo golpes, gritos de ira y desesperación. La sangre empezaba a correr por el suelo y a salpicar las paredes, de pronto uno de los dos comenzó a debilitarse, ya no podía más, estaba perdiendo todas sus fuerzas, poco a poco podía saber que estaba perdiendo no sólo la batalla, sino también la vida misma. El otro al darse cuenta, sacó sus últimas energías para tomarlo y estrellarlo de la manera más violenta contra el suelo… Sólo se escuchó como cuando algo se quiebra y por el ruido que hicieron todos los pedacitos al caer, supiste que ya no los podrías pegar jamás…


Ya no habría que decidir nada, ya estaba hecho. El vencedor, triunfante corrió a abrazarme y lo abracé. Y fue entonces, después de que mi cerebro le ganó a mi corazón en esta lucha a muerte cuando decidí por fin, decirte adiós.

Mi corazón no murió, pero ha quedado tan maltrecho que casi ni se le reconoce, aún siente mucho dolor y llora por aquél, y eso me hace sentir triste de vez en vez, pero ahora que mi cerebro ha tomado el mando puedo ser feliz… aunque por ahora sólo sea, también, de vez en vez.

No vale la pena sufrir ni llorar por nadie, aprende a enfrentar a tu corazón con tu cerebro y verás que no todo el tiempo el que siempre resultaba ganador, gana. Ni el que siempre resultaba perdedor, pierde.


La locura se tragó lo poco que quedaba de mí…

Se desquicia la mente de una manera tan sencilla, que cuando menos te das cuenta, ya te has ido por completo. Cruzar de un lado para otro implica renunciar a todo aquello que te detenía en este mundo, en el mundo de la “cordura”, renunciar a sueños y superficialidades, al afecto y al amor, y todo para dar paso a la eterna oscuridad de un sentimiento más gélido que la nieve de las montañas más altas, y más doloroso y largo que la agonía misma. Yo personalmente comprobé que los desgarradores gritos aullados con tanta intensidad, como el dolor que provoca el veneno corriendo por tu sangre, la ira que desquicia tus sentidos, el ejemplo de la locura en su más pura forma, logra un efecto en tu mente de doble eco, un sentir tan real y tan intimidante que te permite percibir como desorbita todas aquellas personalidades que te hacen uno solo, una sola entidad, un sólo ser, tú; las separa y las junta una y otra vez, como siluetas mal dibujadas de ti moviéndose de un lado a otro sin poder encontrar la nitidez de la razón.

Lloré, sí, lloré, la rabia y la impotencia me impedían ponerme de pie, sentada sobre el suelo, gritando de dolor y desesperación, no escuchaba nada, no veía nada, sólo la sensación de escapar de mi cuerpo y de mi mente con el temor de no poder regresar jamás. La mano desesperada de alguien me tomó por el brazo, agitándome fuertemente y llamándome por mi nombre…

Zumbido, lágrimas, eco, desorientación y agotamiento…

Tumbada en el suelo me quedé, tratando de recuperar la respiración, me costaba mucho trabajo inhalar, casi no lo lograba; después de un súbito mareo, el espacio-tiempo regresó a mí, recordando lo ocurrido, el llanto también volvió, pero ahora, con las aguas más calmas después de aquel desolador y violento espectáculo, me quedo allí, sola, empapada en lágrimas y pensando que tal vez, pero sólo tal vez, alguien menos enfermo que yo, pueda ayudarme, o terminar por desquiciarme…


Sobre la autora

Más educación, más cultura y menos armas…Mstislav Rostropóvich

“Qui scribit, bis legit”

"el que escribe, lee dos veces"
agosto 2017
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Vivimos en una época en que cada uno exíge estar cada vez más solo, y simultáneamente no se soporta a si mismo…

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